Un maestro nos necesita – Blanca F. Góngora

Blanca F. Góngora

Mi artículo iba a ser otro hasta que vi el post de Facebook donde solicitan sangre para el maestro Javier Quiroz Collaz, especifican que los donadores pueden pasar al banco de sangre y dar el nombre completo de tan conocido maestro de Tecomán.

Estaba a punto de enviar mi artículo que ya tenía preparado, pero decidí que todo puede postergarse cuando se trata de un gran ser humano, de hecho, todo podría postergarse cuando se trata de cualquier ser humano, pues “la vida es primero” como suele decir el gobierno neozelandés, entonces aquí estoy deseando que el maestro Quiroz obtenga toda la sangre que le solicitan y que la salud le regrese en plenitud.

El maestro Quiroz fue maestro de mi hermano en la secundaria Torres Quintero en Tecomán. Yo estudié ahí mismo pero nunca fue mi maestro; sin embargo, aun sin ser yo su alumna sentía su afecto, yo era presidenta de la sociedad de alumnos en la secundaria y él solía siempre darme palabras de ánimo, solía felicitarme por tal o cual actividad, preguntarme cómo íbamos a organizar tal cosa, nos hacía sentir su interés y nosotros podíamos felizmente platicar con él. Luego, cuando entré a estudiar al Bachillerato 20 de la U.de C. tuve la suerte de que fuera mi maestro de Biología y entonces pude conocerlo en esa gran faceta, puedo dar fe de lo interesante que eran sus clases, a tal grado que en algún momento pensé en estudiar medicina; me gustaba tanto Biología que me recuerdo concursando representando a mi “bache” en esa materia. Recuerdo con claridad solo algunos temas, pero recuerdo totalmente su pasión al enseñar, su claridad al explicarnos, su trasmisión del gusto por su asignatura. Más adelante fue director del bachillerato y yo presidenta de la sociedad de alumnos del mismo; era tan fácil plantearle nuestros proyectos porque sabíamos que de parte de él recibiríamos buena guía y mucho entusiasmo, era de fácil acceso y de pocas trabas; hacía que las cosas sucedieran y eso cada que envejezco más me doy cuenta de que no es tan sencillo. Pasaron los años y la vida me regresó a la secundaria Torres Quintero pero ahora como maestra y ahí volví a encontrarlo, como a muchos otros que habían sido mis maestros. Como compañero de trabajo fue igual: solidario, entusiasta, propositivo, sencillo, humilde; y cuando logró ser director de esa misma escuela que tanto quiero, fue uno de los mejores jefes que he tenido porque siguió reuniendo las mismas actitudes y aptitudes que he descrito desde el primer párrafo de este mini-homenaje: jamás una actitud despótica, siempre alegre con dejarnos intentar proyectos educativos y siempre dispuesto a buscar los medios para llevarlos a cabo. Sacamos alguna vez una revista literaria a colores con textos de nuestros alumnos (él pagaba fotocopias de su propio presupuesto), otra vez implementamos “recreos musicales” y no teníamos ni para una bocina y la bocina llegó (y eso que antes no eran como hoy que cualquier cuadrito toca como bocina profesional), después implementamos “lecturas en voz alta” en la sala audiovisual y los materiales llegaban porque llegaban gracias a su gestión. Agradezco también su gentileza cuando decidí estudiar mi maestría y él hizo milagros con los horarios de forma que los viernes mis clases quedaran entre las primeras horas para así poder salir corriendo y alcanzar las clases en la Facultad de Ciencias de la Educación.

Todo este es un testimonio personal pero segura estoy que son muchísimas las coincidencias en el sentir hacia su persona de parte de muchos de sus exalumnos y compañeros de trabajo, pues una persona que es congruente con sus actos en todas sus diferentes facetas de vida es alguien a quien se le estima y a quien no debemos olvidar decirle gracias y a quien no debemos tampoco omitir nuestra solidaridad, así que si puedes apoyar, apoya, un gran maestro nos está necesitando.