Pupitre al Fondo Reeducarnos Por: Blanca Fonseca Góngora

El Covid-19 ha puesto sobre la mesa deficiencias y malos procederes en varios aspectos de nuestra cotidianidad; por ejemplo, el desfase en la aplicación de la tecnología a la educación, lo que implicó una capacitación al vapor para poder salir a flote con las clases en línea, dicho desfase no fue nunca por falta de interés de los profesores, sino más bien porque conociendo ellos la realidad de sus escuelas y de nuestros niños, niñas y adolescentes, sabían que no podían realmente aplicarla porque la gran mayoría de nuestro alumnado no tenía opciones reales de acceso (razón por la que en esta crisis de salud se tuvo que recurrir a la radio y a la televisión). Nos dimos cuenta que tuvimos que aprender su uso, sus ventajas, sus limitaciones, sus caminos y veredas y a la par enseñar lo mismo a nuestros alumnos y a los padres de nuestros alumnos, lo que hizo más complejo el proceso. Se han tenido que reformular y crear reglamentos para el uso, por ejemplo, del WhatsApp, pues cuando iniciamos en marzo era una locura desbordada con la que más de alguna maestra lloró al sentirse sobresaturada con mensajes, llamadas, fotos, etc. Ahora muchas escuelas han creado sus propios reglamentos internos, se han fijado horarios, pautas para llevar a cabo la comunicación, han hecho hincapié en el vocabulario adecuado dentro del respeto, se han marcado fechas para entrega de trabajos, e incluso se han dado pautas a seguir para los padres de familia, quienes muchas veces y en su desesperación llegaron a volverse de pronto inoportunos. Ha sido todo esto una manera de educar en el uso de la tecnología, incluso se ha capacitado a los padres de familia en procesos tan “insignificantes” como tomar las fotos de manera correcta de los trabajos que tienen que enviar sus hijos, ha sido pues una formación de todos, se han expandido los cauces de la educación y las comunidades escolares reconocieron que en ese aspecto todos éramos analfabetas y se están dejando reeducar en dichos procesos.

Otro mal proceder que nos trajo a evidenciar el Covid-19 fue el darnos cuenta de los graves problemas de salud que vive nuestra sociedad en general y nuestros niños en particular como la obesidad y la diabetes, por decir algunos, y no es para extrañarnos pues si vemos las loncheras que llevaban nuestros niños a las escuelas daríamos testimonio directo de los montones de azúcar que eso incluía: barras comerciales de cereales, jugos enlatados repletos de colorante y azúcar, panecillos dulces en todas las presentaciones de la marca del osito, yogures repletos de chocolate, azúcar, conservadores, papitas y demás crujientes botanas, bebidas energéticas, los famosos chocomiles de cajita, embutidos, más embutidos y más embutidos. Si como maestra se te ocurría comentarle a la mamá, era siempre riesgoso porque se ha dado el caso de ser acusados hasta de discriminación, etc; por eso es que realmente celebro que Tabasco y Oaxaca se hayan pronunciado por prohibir de manera oficial la venta, distribución o donación de comida chatarra (de todas las clasificaciones y ejemplos que todos conocemos) a niños y adolescentes, así como su consumo en centros educativos y de salud. Es una prohibición que ha generado polémica por los intereses que rondan en torno al tema, olvidando que lo más importante es velar por el interés superior de la niñez. Los productos podrán ser suministrados a niños o adolescentes únicamente por sus padres, madres o tutores legales, no podrán ser enviados a la escuela porque como dije, su consumo dentro de la misma ha quedado prohibido. Y en las tiendas los niños no podrán ir a comprar solitos dichos productos, lo que me da mucho gusto también, pues el niño que va solo a la tienda es presa del antojo y la publicidad y cae porque cae en la compra de tanta chatarrería; es más, hasta extienden su manita con las monedas y muchos de los tenderos les dan la chatarra que con esas monedas alcanzan a pagar. ¿Y quienes somos los principales culpables? Los adultos, pues los niños comerán lo que haya a su alcance. Yo conozco personas que pudiendo elegir, eligen lo azucarado, la golosina, la fritura comercial y de sonrisa feliz para calmar el mal humor o la impaciencia de sus hijitos, y luego se quejan porque al niño no le gusta la comida saludable. En fin, tenemos que reeducarnos también en nuestros hábitos alimenticios y si por sola voluntad no hemos podido pues me alegra que sea por ley, aunque sea en los inicios mientras nos concientizamos, mientras nos damos cuenta que muchas veces es más barato un pico de gallo de zanahorias que una bolsa de papitas, mientras entendemos que si se nos prohíbe es porque es una manera de evitar más daños (como la obligatoriedad del uso de cinturón o el no uso de celular mientras se maneja). Y así como estamos aprendiendo a trabajar en línea o a distancia (obligados por las circunstancias) así debemos aprender a cuidar a nuestros niños en lo que consumen, pues los únicos perjudicados serán ellos y nosotros por sufrir con ellos sus males y sufrir también nuestros remordimientos de conciencia por haberlos dejado crearse en los brazos engañosos del azúcar.